LA BIENVENIDA     

Las gotas de lluvia caen a gran velocidad,
no cesan, golpean la tierra y se pierden.
Las gotas de dolor en el alma de ella brotaban,
caían y se esparcían, más no desaparecían.

Era una flor marchita, no tenía sentido
era un barco que navegaba sin brújula, no había estrellas
que iluminaran su mar, el viento no iba a su favor.

Caminaba sin rumbo cual mendigo, buscando y esperando
que el amor le diera limosnas
queriendo beber agua en cualquier fuente
queriendo comer las migajas que cayeran.

Queriendo querer a quien no quería
queriendo llevar la contraria a todos.
Parte de ella sentía que sí valía la pena,
mientras que el corazón gritaba que no,
que ya era demasiado tarde.

Justo ahí comprendió que el amor no se exige,
que el amor nace como una flor que hay que
regarla a diario. Mientras tanto en una torre que nunca
caerá las manecillas del reloj hacían tic tac, tic tac.

Y con ellas llegó él, ¡llegó el amor!
Llegó su sonrisa, sus cosquillas en el estómago.
Llegó la magia.

Ahora en la flor había ocurrido un milagro,
sus pétalos frotaron hasta ella y
poco a poco se restauraron,
volvieron hacer fuertes, rojos, suaves.

Su tallo se volvió resistente, porque él fortalecía sus raíces,
le daba vida.
Ahora él y ella eran una sola flor
con vida regada por el amor.

Eva Arroyo  11°1

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